¿Qué es un clásico?
Esta reflexión no tiene que ver con la música, pero quizás sirva de disparador para pensar el mismo tema en relación con la música.
Ya no recuerdo cómo me puse a pensar en qué hace de una obra historiográfica un “clásico”. Creo que en la literatura historiográfica (y posiblemente en otros ámbitos también), un clásico es una obra que genera debate. Una obra cuyas premisas pueden ser objeto de revisión e incluso refutadas varias veces, pero constantemente, al releerlas uno advierte que conservan un núcleo de verdad. Puede ser que se apoye sobre premisas falsas o dudosas, que utilice un lenguaje anticuado o políticamente incorrecto, que no se ajuste a los estándares modernos de la academia, pero en el fondo siempre reserva un pequeño núcleo de indescriptible verdad.
Pienso en grandes clásicos como La formación de la clase obrera en Inglaterra de Thompson, Los Reyes Taumaturgos de Bloch, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo de Dobb. Incluso en aquel breve artículo de 1954 donde Hobsbawm sugería la existencia de una crisis general en el siglo XVII, tema debatido largamente por múltiples autores y que sin embargo, cuando uno vuelve a leerlo se encuentra con una síntesis clara y explícita de aquello que costaría ríos de tinta discutir en las décadas posteriores.
Uno revisita estos clásicos y pareciera que a cada paso se encuentra con una frase trascendente, que en unas pocas palabras resume una lección de historiografía. Quizás haya un poco de tautología en esto: después de todo nosotros construimos nuestro mundo (historiográfico) sobre esos clásicos, sobre sus frases y sobre los debates que generan, y al volver sobre ellos nos encontramos con los orígenes de lo que estuvimos hablando todo el tiempo. Por ello seguramente la virtud del autor de un clásico sea aportar algo nuevo, generar un nuevo debate, y el resto de los mortales no hacemos más que pasarnos la vida reescribiendo a los clásicos.
Se podría extender esta idea a otro tipo de obras. La obra completa de Marx podría entrar perfectamente, pues a pesar de la rigurosa exégesis a la que fue sometida a lo largo del siglo XX, a favor y en contra, uno vuelve a ella y encuentra intacto ese núcleo de verdad.
Y me animo a decir que algo similar se puede pensar de los clásicos en la música aunque, claro, definirlo supondría meterse en el espinoso terreno de definir qué es la verdad en la música. Podríamos pensarlo como un tipo de “aura” y/o relacionarlo con la creatividad, la originalidad y la audacia. Aunque sea dificil de definir, se hace evidente que algo encontramos en esas obras clásicas cada vez que volvemos a ellas. Un núcleo de verdad, de autenticidad, de originalidad. Algo que las diferencia de las demás y que a la vez las ubica en los orígenes de algo nuevo: un debate, una forma, un estilo, un lenguaje.





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